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Desde fuera, un hackathon puede parecer simplemente reunir a un grupo de personas, plantear unos retos y esperar a que aparezcan buenas ideas. Pero detrás hay muchísimo más. 

La organización empieza mucho antes del evento. Hay que definir bien el objetivo, decidir qué perfiles necesitamos, diseñar la metodología, buscar mentores, jurado, colaboradores, espacios, dietas, cerrar horarios, coordinar desplazamientos, alojamiento, materiales, equipos técnicos, comunicación, inscripciones y selección de participantes. 

Y, además, todo tiene que encajar. 

Porque no basta con tener gente con talento, con una idea o con ganas de participar. Hay que intentar formar equipos equilibrados, combinar perfiles distintos y conseguir que cada persona pueda aportar algo. En un proyecto como BlueUp, por ejemplo, conviven perfiles vinculados a la Economía Azul, tecnología, digitalización, creatividad y negocio. Esa diversidad es precisamente la que hace que una idea pueda crecer y convertirse en algo mucho más completo. 

Luego llega la parte que más se ve: el evento. 

Y ahí la organización cambia completamente. Ya no se trata solo de planificar, sino de estar pendientes de todo lo que ocurre en tiempo real. Que los horarios funcionen, que los mentores sepan cuándo intervenir, que los equipos tengan lo que necesitan, que la tecnología responda, que los desplazamientos salgan bien, que los espacios estén preparados y, sobre todo, que las personas participantes se sientan acompañadas durante todo el proceso, y por supuesto y lo más importante, sea una experiencia que siempre recuerden positivamente y que se queden con ganas de repetir. 

Porque en un hackathon pasan muchas cosas a la vez. Hay momentos de bloqueo, equipos que necesitan orientación, cambios de última hora, ideas que evolucionan por completo en unas horas y decisiones que hay que tomar muy rápido. 

Y eso también forma parte de la experiencia. 

Al final, una de las cosas más bonitas es ver cómo un grupo de personas que apenas se conocía unos días antes termina presentando un proyecto que ha construido conjuntamente, después de horas de trabajo, mentorías, pruebas, conversaciones y muchas vueltas a una misma idea. 

Cuando llega el pitch final, el público ve unos minutos de presentación. Pero detrás de esos minutos hay meses de planificación por parte de la organización y varios días de trabajo intenso por parte de los equipos. 

Y probablemente esa sea la parte que más nos gusta: hacer que todo esté preparado para que otros puedan crear.

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